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  María "Maestra de Fe"
 
1. Del malestar mariológico al silencio mariano

 
M/DEVOCION-ERRORES: Si antes del concilio Vaticano II la acción pastoral católica estaba empapada de devoción a la Virgen, actualmente -y esto no es ninguna novedad- la presencia de María se ha atenuado enormemente, tanto en la catequesis como en la predicación. El resultado, esperable, es una disminución de las devociones marianas entre amplias capas de creyentes, aun entre los denominados «muy practicantes», llegando incluso a una incomprensión de la figura de María y de los dogmas marianos, comenzando por el de la virginidad de Nuestra Señora. El centramiento cristológico exigía, indudablemente, una corrección de ciertas tendencias desmesuradas que habían propiciado el que toda la función mediadora de Cristo quedara, de hecho, transferida a la Virgen, situando a Cristo más bien en el plano del Dios todopoderoso, el cual, por lo demás, aparecía con mucha frecuencia, en el imaginario creyente, ornado con el excelso atributo de la Justicia omnisciente, implacable e insobornable, como efecto mortalmente perverso de la elevación al infinito del ideal romano de justicia. Nuestra Señora se convertía así, ante las almas piadosas de muchos fieles, en la abogada, en el recurso accesible, en la puerta abierta a las debilidades y miserias, en el regazo acogedor y bondadoso. La Virgen pasó, tácticamente, a encarnar la misericordia que se había arrebatado a la imagen de Dios.
Sea cual fuere el grado de extensión de esta caricatura, no cabe duda de que refleja un cierto tono del ambiente espiritual anterior al concilio. Como prueba de la mentalidad predominante, valga la aseveración del P. Remigio Vilariño, sj: «Las ventajas preciosísimas de esta devoción son que la devoción a la Virgen es señal de predestinación, y que ningún devoto de la Virgen se condenará» 2. Por ello, si se quiere mantener la fidelidad al centramiento cristológico obrado por el postconcilio en la teología, la oración, la liturgia y las prácticas piadosas, no se puede, sin más, recuperar las devociones marianas preconciliares tal cual, en sus mismos envoltorios. Pero prescindir de hecho de la figura de María tampoco satisface. Ahora bien, ante la carencia de una catequesis y de unas prácticas piadosas sanamente armonizables con el conjunto de la teología que predicamos y nos esforzamos por vivir, el resultado más frecuente es el silencio mariano acompañado, en el mejor de los casos, de un cierto disgusto y una cierta mala conciencia.
Volver a la línea preconciliar, en la línea de lo caricaturizado, resulta imposible. Primero, porque volver a lo preconciliar sin mayor discernimiento suena a antiguo, a obsoleto, a cilicio y a ducha de agua fría para curtir la voluntad. Segundo, porque nos produce rechazo. Resulta difícil abordar la figura de María sin caer en una sensación de ñoñería e infantilismo, de cursilería, de cenefas, puntillas y azules celestes -por más que todo esto no tenga nada que ver con Nuestra Señora. Ante el trance de saber si uno conseguirá esquivar estos arrecifes, por ejemplo, ante un grupo de universitarios, en no pocos casos se corrige la derrota y se comenta una perícopa evangélica, a ser posible con alguna alusión a la «fuente Q». Tercero, porque el miedo a traicionar el centramiento cristológico sigue presente.

 
2. Nuestra Señora, maestra de fe
Estoy persuadido de que Nuestra Señora encarna aspectos centrales de nuestra fe que no se pueden expresar de otra manera. Hay elementos de nuestra fe, del Evangelio, que no se pueden transmitir verbalmente, en forma de discurso racional teórico y bajo el patrocinio del «logos». Cierto es que la oración cristiana contiene palabras; sin embargo, no es la prolijidad verbal lo que cualifica el vigor ni la profundidad de la oración. Al contrario: junto a una palabra escueta, el gesto y los símbolos que ocupan la oración son centrales para constituir al sujeto orante y configurarlo 3 (como ocurre en la liturgia, que combina palabras, gestos y símbolos).

 
La contemplación de los misterios de Nuestra Señora, la oración a María (cf. Jn 2,1-2), con María (cf. Hch 1,14) y según el ejemplo de María (cf. Lc 1,46-55), ayudará al creyente a descubrir y apropiarse una serie de actitudes centrales de la vida cristiana que alumbran el valor evangélico del sentido de la consagración 4. María entrega su vida entera a la obra de Dios. En su figura, la donación queda muy desnuda, vestida de gratuidad, resplandeciente de alabanza a Dios, despojada de la más mínima vanagloria, ataviada de humildad, exultante de confianza en Dios. Así, la contemplación de Nuestra Señora ilumina de manera plástica la respuesta humana a las iniciativas divinas en la que Dios se complace. Por otra parte, la relación de Dios con María también nos descubre el rostro de Dios, la manera como Él establece su alianza definitiva con la humanidad y su modo de relacionarse con los humanos, sus criaturas preferidas. Por todo ello, María es figura de la fe de la Iglesia (cf. LG 53, 61, 63) 5.
En lo que sigue, me limitaré a exponer algunos de los aspectos centrales de nuestra fe que aparecen con virulencia y claridad en el camino espiritual de Nuestra Señora. Me concentraré especialmente en los dos primeros capítulos lucanos, por ser el texto neotestamentario más rico en alusiones a María.

 
2.1. El cortejo divino a la humanidad en Nuestra Señora
El camino espiritual de Nuestra Señora nos permite contemplar una ocasión privilegiada en la que Dios se dirige a una persona humana, a María. Este caso se inscribe dentro de un acontecimiento cumbre de la economía de la salvación: el nacimiento del Hijo de Dios. Por ello en él encontramos de manera ejemplar cómo acostumbra Dios a entablar relación con los humanos. Así se ilumina muy bien lo que sucede, de la parte divina, en los procesos vocacionales: cómo suele cortejar Dios a aquellos que quiere consagrar a su servicio.

 
a) Dios toma la iniciativa
Lo primero de que conviene tomar vera noticia es que la iniciativa procede enteramente de Dios. Esto, automáticamente, coloca a Dios en pleno centro de la vida: el protagonista es Dios, que es quien lleva las riendas. El relato de Lucas no da pie para pensar que María fuera una palurdilla timorata y apocada que, como no tenía nada que hacer ni le caía en gracia a ningún mozo, no tuvo más remedio que consagrarse a Dios para que su vida no quedara escandalosamente vacía. Lucas dice expresamente que estaba desposada con José (1,27). Es decir, no andaba por la vida abobada, esperando que la alcanzase una experiencia mística o un arrobamiento para poder ser alguien. María estaba de lleno en el trajín de la vida, con sus compromisos, sus actividades, su círculo de relaciones y sus planes de desposorios. Y Dios irrumpe en medio modificando los planes, proyectos e ideas maravillosas que ha compartido con personas queridas y que ha ido alimentando, perfilando y mimando a lo largo del tiempo, justo en el momento en que están al alcance de la mano, en que parece que ya todo está atado y resuelto y que el tiempo corre a su favor.
Dios irrumpe con un estilo peculiar, que provoca el asombro y el desconcierto. Su estilo peculiar está textualmente reflejado en el saludo del ángel: «alégrate» (jare: 1,28). Es la primera palabra del ángel a María, con la que establece el tono de la comunicación. Lo primero que hace Dios es saludar. El saludo, que recorre todo el primer capítulo lucano (vv. 29, 39, 41, 44), tiene que ver con la salud y con la alegría. Por eso la primera palabra del ángel a María pone de manifiesto las intenciones de Dios: su alegría al entrar en relación con nosotros -una alegría que quiere contagiarnos- y la vinculación estrecha de esta relación con la salud verdadera, con la salvación. No es extraño que todo el Evangelio en cuanto tal se pueda considerar un saludo (J.A. García): una buena noticia de salvación. En la Iglesia antigua, el término «saludo» (aspasmós) y el verbo saludar (aspádsomai) pasaron a significar el beso litúrgico de la paz 7. Por eso podemos decir que Dios comienza su relación con María -con la Iglesia y con la humanidad- con un beso, con un abrazo afectuoso. Ése es su primer paso.
Estas maneras tan atrevidas, sorprendentes y directas de principiar Dios su cortejo provocan desconcierto y asombro. María se turbó (dietarájze: 1,29). La acción de Dios provoca una conmoción inesperada. Esta conmoción nos saca de las tranquilas y conocidas casillas en que andábamos metidos. Como consecuencia, nos ponemos a cavilar (dielegídseto: 1,29). La fantasía ha resultado atrapada por este requiebro de amor. Se ha puesto en marcha el mecanismo de la imaginación. Se comienza a destilar pensamientos y a «rumiar» mucho lo que ha sucedido. Pero no se trata de un rumiar emponzoñado por el rencor o la mala idea, ni de un rumiar defensivo, sino gobernado por la sorpresa de la irrupción de Dios.
María nos enseña a leer nuestra vida cuando resulta que Dios irrumpe en ella como protagonista absoluto. Si nos dejamos llevar de su ejemplo, indefectiblemente acabaremos en manos de Dios.

 
b) Dios se complace en su criatura
Dios se complace en Nuestra Señora. De ahí que podamos colegir que la mirada de Dios a la humanidad, de la que Nuestra Señora es prototipo, es una mirada complacida. Antes que cualquier forma de humildad por nuestra parte, o de reconocimiento de la propia pequeñez, o simplemente de un obsequio creatural de sumisión y obediencia, la voz del ángel resuena con un estruendo inusual: «llena de gracia, el Señor está contigo", (1,28; cf. 1,30.48). En María se advierte que la mirada de Dios que se fija en los humanos les conduce al reconocimiento de la presencia de Dios en ellos mismos. Esta mirada nos hace descubrir la propia bondad que habita en las criaturas por efecto de la gracia divina. De ahí que la alegría continúe, acompañada de la satisfacción de saberse una buena obra de Dios. Dios va induciendo en su trato, y no porque haya de doblegarse ante nuestros méritos, un sentido genuino de la propia grandeza y de confianza. El diálogo con Dios eleva a la criatura hasta hacerla colaborar en su obra salvífica. Todo esto va imprimiendo deseos de seguir involucrándose en la acción de Dios, de dejarse hacer por Él, de seguir progresando por este camino de dignidad.
Visto desde la otra cara, el contacto de Dios con María no comienza por un reproche, ni sobre ella ni sobre otras personas. Dios no pinta primero ante María un cuadro con todas las desolaciones y desastres que azotan a la humanidad para echárselo en cara. En el diálogo que Dios quiere establecer con María no encontramos ni reprimenda ni castigo. Tampoco hay una aclaración teológica sobre Dios, cuyo modo de ser se irá percibiendo a lo largo del transcurso de los acontecimientos. Dios no hace un alarde de atributos teológicos. El cortejo discurre por cauces amorosos, prácticos y concretos, no intelectuales, analíticos ni generales. Situarnos por nuestra parte en las claves contrapuestas no sirve más que para despistar y bloquear el diálogo.
c) Dios actúa sin concurso de varón
«¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» (1,34). M/VIRGINIDAD: El aspecto fundamental de la figura de María es su virginidad, de la que pende dogmáticamente la encarnación del Hijo de Dios. No es extraño que, en el lenguaje coloquial, se conozca a María simplemente como «la Virgen». La virginidad pone de manifiesto que es Dios quien actúa. Pero sin avasallar ni atropellar a la criatura, pues María da su consentimiento. Sin embargo, el aspecto clave, que en una sociedad prometeica necesitaríamos aprender por contacto con María, es que nosotros no fabricamos a Dios: la encarnación está ligada a la virginidad. No hay ninguna forma humana de producir a Dios. La encarnación es una decisión libre y gratuita de Dios. Nada la fuerza, nada la impone, nada la crea. Con su aceptación de la virginidad, María reconoce de modo ejemplar el señorío absoluto de Dios y se pone a su servicio: «el Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra» (1,35).

 
Cualquier manera de traer a Dios al mundo, de colaborar como María a la encarnación de Dios en nuestra historia, no tiene otra alternativa que la de pasar por la virginidad. En el momento en que el protagonismo corra de nuestra parte, la brújula mariana nos indicará que ya hacía tiempo que nos habíamos apartado de la ruta señalada en el plan de Dios. Las formas de hacerlo son infinitas. Todo lo teóricamente santo puede retorcerse «bajo apariencia de bien».
2.2. Nuestra Señora modelo de discípulo
El episodio de la Anunciación, además de columbrar algunos aspectos de cómo Dios corteja a la humanidad de Nuestra Señora, nos permite contemplar cómo es la respuesta creyente por antonomasia, viendo la de aquella que es bienaventurada por haber creído (1,45).

 
a) Disponibilidad
Ya he señalado que María tenía sus propios planes. Unos desposorios no dejan de ser uno de los momentos cumbre en la vida de cualquier persona. Imagino que los preparativos en el Nazaret del siglo I supondrían bastante trastorno, como sigue ocurriendo a finales del siglo xx. Además, a la mujer le correspondería, cuando menos, atender a todo lo relativo al ajuar del nuevo hogar. La respuesta de María a la irrupción de Dios es la disponibilidad total: ofrece toda su persona al plan de Dios («He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra»: 1,38). El resultado es una generatividad sin comparación posible. Nadie más ha traído al Hijo de Dios al mundo ni puede llamarse «Madre de Dios» (DS 251, 301). En la medida en que María se deja habitar totalmente por el Espíritu de Dios, se hace capaz de alumbrar al mismo Dios desde dentro sus propias entrañas.

 
La disponibilidad de María resalta en comparación con la de Zacarías 8. María no pone ninguna dificultad, ni pide ningún signo especial, ni insiste en que ella no resulta adecuada para este propósito. Zacarías, por su parte, había respondido al ángel: «¿En qué lo conoceré'? Porque yo soy viejo y mi mujer de avanzada edad...» (1,18). María no ha pedido un signo que pruebe la verdad de lo anunciado por el ángel, no ha requerido una ayuda para cerciorarse. Dios no tiene que apabullarla con su fuerza y su señorío para doblegarla. La pregunta de María -«¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón'?»: 1,34- está ya abierta a la colaboración.

 
b) Humildad

 
María ocupa un papel absolutamente destacado, casi disparatado en el plan de Dios. Sin embargo, ni su comportamiento ni sus actitudes contienen brizna alguna de afectación, de vanagloria, de jactancia, de autoglorificación, de engreimiento, de soberbia. Nada más ajeno para aquella que se entiende a sí misma como la esclava de su Señor (doúle: 1,38.48), como su sirvienta incondicional.
La humildad de María no es falsa. No es que María esté convencida en su fuero interno de su propia valía y, sin embargo, se disfrace de humildad para quedar bien o para no aparecer afectada. María, que reconoce su lugar en el plan de Dios, sabe que Dios se ha fijado en ella. No obstante, y porque sabe también que Dios es el protagonista verdadero y absoluto, no teme proclamar la obra que Dios hace en ella. Así lo proclama en el Magníficat, donde no oculta el lugar que a ella le corresponde: «porque ha mirado la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada» (1,48).
La humildad es camino obligado para obsequiarnos a Dios. María lo siguió aprendiendo a través de su vida. La Iglesia pascual ha querido transmitirnos algunos rasgos del aprendizaje constante de María, por ejemplo, con la escena del niño perdido en el Templo. María no entiende el proceder de Jesús (Lc/02/48-50). Y es que Jesús no es propiedad particular de nadie ni se somete a nuestros gustos. No entendemos de antemano, y a veces tampoco a posteriori, las historias en que nos involucra ni el sentido del sendero por donde nos conduce. María, como nosotros, ha de ir actuando continuamente esta humildad ante los sorprendentes planes de Dios.

 
c) En marcha
La anunciación no ha dejado a María como pasmada y alelada. No se queda mirando al cielo ni recogida en su casa. El contacto con Dios la ha puesto en marcha, le ha dado alas. Justo después de la Anunciación, Lucas utiliza dos verbos y un adverbio de movimiento: «En aquellos días, se levantó (anastsa) María y se fue (eporeúthe) con prontitud (spouds) a la región montañosa, a una región de Judá» (Lc/01/39).

 
El significado de anístemi es «ponerse en pie», y su raíz se emplea para hablar de la resurrección, que en griego se dice anástasis. No creo que sea ir demasiado lejos columbrar que María «se levanta» a una vida nueva en el Espíritu, a la vida nueva de la resurrección. María es movida por el Espíritu. El otro verbo, poréuo -que aparece con mucha frecuencia en los evangelios-, suele significar, en la voz pasiva y en la voz media, caminar, desplazarse, marchar de un lugar a otro. María inicia una nueva andadura de creyente, una peregrinación. El adverbio, spouds, connota la combinación de prisa y entusiasmo: una prisa entusiasmada o un entusiasmo impaciente. Es lo que hoy, castizamente, se diría «marchosa».

 
d) Alabanza
«Proclama mi alma la grandeza del Señor y se alegra mi espíritu en Dios mi salvador» (Lc/01/47). María se pone en marcha para alabar a Dios. La respuesta del ser humano a Dios culmina en la alabanza y en la adoración 9. Quien alaba de corazón no puede menos que ponerse incondicionalmente al servicio. Quien alaba reconoce la majestad absoluta del Señor, a quien canta y ante quien se postra anonadado. Quien alaba se sabe absolutamente superado, desbordado y sin derecho alguno que exigir. Quien alaba vive deslumbrado y exulta por las maravillas que graciosamente le ha sido concedido vislumbrar. Quien alaba percibe que el misterio ante el que está es mucho mayor de lo que se puede imaginar, de lo que su propia fantasía puede alcanzar.

 
3. Una enseñanza práctica: Misión y tarea
Este breve recorrido a lo largo de los dos primeros capítulos de Lucas nos ha permitido entresacar algunos de los rasgos del Dios cristiano (cf. RM 25) y de las actitudes propias de un creyente ante ellos. Vivir la fe en compañía de María alimenta una forma de la misma que cuenta con la iniciativa de Dios, que se hace a la idea de que todo el protagonismo corre de su parte, que sabe que Dios quiere y requiere nuestra colaboración incondicional. De otro lado, se aprende a captar cómo la respuesta plena a Dios conduce al gozo, a la alabanza, a poner manos a la obra en disponibilidad absoluta. Por concretar más, María nos permite entender que el cristiano vive su fe y su compromiso desde la misión y no como una simple tarea 10.
Entiendo que la misión es el envío radical por parte de Dios, la llamada a servirle en la entrega indisoluble a Dios y al prójimo. Aceptar la misión supone la entrega radical a Dios en pura pobreza y desasimiento: ponerse pasivamente en sus manos como el barro en manos del alfarero, acatar sus planes, dejar que Dios se posesione de toda la vida y la configure toda a su antojo. Significa, en definitiva, seguir el ejemplo de Jesús, que, como Hijo, es el radicalmente enviado del Padre.
La tarea no es la misión. La misión es algo siempre más amplio que la tarea. Para no ser mera ensoñación, la misión ha de articularse en tareas, es decir, en trabajos, actividades e iniciativas concretas. Si quisiéramos ser más prácticos, diríamos que la tarea viene a coincidir con aquello que realizamos con las manos: pasar las cuentas de un rosario, teclear en un ordenador, dibujar esquemas de catequesis, sostener un megáfono, limpiar a un enfermo, repasar la contabilidad de una asociación, etc. Debido a la diferencia entre misión y tarea, ésta puede ser la concreción necesaria de aquélla. Para lo cual ha de haber una conexión auténtica y constante entre ambas, de manera que la tarea no pase a ser un fin en sí misma, en la que pensemos como algo absoluto e incapaz, por tanto, de llevarnos a un encuentro más permanente y profundo con Dios, a una más plena disponibilidad ante Él, a una mejor comprensión de nuestra precariedad y pecado, a un servicio más desinteresado y universal.
De hecho, para realizar una tarea encomiable, incluso santa, no es imprescindible comprometer la totalidad de la propia existencia. Prueba de ello es que en las tareas de construcción histórica, promoción social y defensa de la justicia nos encontramos codo a codo con otras personas sin fe que trabajan seriamente. Este compromiso cabal no tiene por qué arrebatarles la existencia. Puede ser un exponente de honestidad y generosidad. Muchos de los que trabajan en obras educativas y asistenciales ajenas a la Iglesia realizan tareas muy semejantes a las de los creyentes. Sin embargo, la vivencia de la misión supone que Dios no nos coloca primordialmente ante tareas concretas en las que podamos entregar la vida a plazos. La misión exige la totalidad de la vida a carta cabal.
La Virgen María es un modelo ejemplar que nos permite constatar en qué consiste vivir desde la misión. María es el prototipo de la espiritualidad de la pasividad, que es la que se deduce de la encarnación. Esta espiritualidad se articula en torno a la convicción de que es necesario recibir a Dios y dejarse hacer por Él. Es una espiritualidad de la passio, de la pasión.
Todo el dinamismo de la misión apostólica, con sus aspectos necesariamente activos de predicación, curaciones, viajes y empresas, puede llevar a ocultar la pasividad necesaria para ser mero instrumento en manos de Dios. En nuestro lenguaje, aquello que suponemos concreción de la misión, es decir, la tarea, puede -disimuladamente- pasar a primar, a ocupar el primer plano. Y junto con la tarea, las cualidades del misionero: el liderazgo, la eficacia, la habilidad para interpretar las Escrituras y discernir las urgencias del momento presente. Y en cuanto nos centramos en nuestras cualidades, estamos a un paso de considerarnos los protagonistas, el centro, alejándonos de la humildad lúcida, que es desde donde se puede escuchar la llamada de Dios.
Se puede percibir la diferencia entre, por una parte, ser engendrados por la misión -que es apertura plena y confiada a Dios, sabiendo que será Él quien lleve a cumplimiento aquello que nos encarga y que implica la entrega a Dios en servicio a sus criaturas- y, por otra parte, la instalación en la tarea como algo definitivo, como lugar único de servicio a Dios. La misión conduce a la consagración a Dios de «todo mi haber y mi poseer» (Ignacio de Loyola), mientras que la fijación en la tarea tiene el peligro de determinar la parte del «haber y poseer» que se pone a disposición de Dios, reservándonos otros ámbitos de «nuestro haber y poseer» que la tarea concreta en este caso no demanda. Si la tarea no se abre y se vive desde la misión totalizadora, que la relativiza y la remite necesariamente a una radicalidad mayor, puede, desgraciadamente, obturar el dinamismo interno más auténtico de la misión.
Si quisiéramos hacer una lectura cristológica, lo formularíamos así: se puede entender que Jesús fracasó en su tarea, pero no en su misión. El posible conflicto en la vivencia del voto de obediencia (cuando se dé una fuerte disparidad de pareceres con el superior) y el posible fracaso en la tarea (como lo vemos en la vida de Jesús) aclararán a lo largo del camino qué es lo que buscamos: culminar una empresa generosa o donar la vida a Aquel que la merece.
Nuestra Señora, por el contrario, nos enseña, como hemos visto que la tarea concreta sólo se puede vivir desde la donación total: considerándose mero instrumento puesto plenamente al servicio del Señor. La misión de María es tan oscura y tan desorbitada (cf. Lc 1,26 s.) que pone de relieve el sentido desnudo de la consagración. Sus fuerzas no cuentan; su disponibilidad y su apertura, sí. El Espíritu del Señor será quien realice la tarea (Lc 1,35). De ahí que el imperativo fundamental sea la docilidad al plan de Dios (Lc 1,38), el abandono en sus manos. El «hacer» de María consiste en rendirse enteramente en las manos de Dios, en ser sierva total. María es plenamente misionera «humillándose y haciendo gracias a la divina majestad» 11.
Hemos de revisar si nuestra pastoral engendra grupos de activistas muy comprometidos pero poco consagrados. María puede ser el ingrediente necesario para reconducir una espiritualidad de la acción a una espiritualidad de la encarnación 12.

 

 

 
GABINO URÍBARRI

 
SAL-TERRAE/96/11. Págs. 801-812